instal·lació
Tras su paso por el Casal Solleric dentro del proyecto Habitar el conflicto, la instalación de Ela Fidalgo encuentra un nuevo lugar desde el que mirar y ser mirada: una de las torres de Campos. Desde allí, las manos de tela reaparecen no solo como formas escultóricas, sino como símbolos vivos del cuidado, del abrazo y del diálogo entre cuerpo y territorio.
En su nuevo emplazamiento, los brazos de tela brotan desde la torre como una extensión simbólica del deseo de tocar la ciudad, el campo, la historia, lo invisible. No abrazan desde la nostalgia, sino desde el presente urgente: el de una comunidad que se reconoce en su diversidad, que busca refugio en el otro, que no quiere pasar de largo.
La torre, arquitectura de defensa y de vigilancia, se transforma así en un espacio de afecto. Donde antes hubo separación y mirada estratégica, ahora hay apertura y gesto. El arte como señala Fidalgo tiene la capacidad de desplazar el sentido, de habitar lo simbólico, de recordarnos que lo personal es político y que solo desde lo común podemos sanar.
Esta instalación no pretende ser decorativa: es un recordatorio.
Un llamado a repensar cómo nos vinculamos con lo que nos rodea.
Un abrazo textil que, al extenderse sobre el paisaje, también nos invita a abrazar nuestras propias grietas, nuestras propias torres.
La práctica artística de Ela Fidalgo se despliega como un ejercicio de cuidado radical, un acto íntimo y político que abraza la vulnerabilidad como forma de resistencia. A través de materiales textiles, bordados, pigmentos y objetos encontrados, construye un lenguaje propio donde lo imperfecto, lo inacabado y lo frágil se convierten en fuentes de verdad y belleza.
Fidalgo trabaja desde una poética del cuerpo y la emoción. Sus obras no se limitan a representar, sino que reparan, abrazan, confrontan y transforman. Su universo creativo parte de lo cotidiano y lo personal, pero se abre a lo colectivo: allí donde el dolor encuentra eco, donde las heridas dejan de ocultarse para florecer en comunidad.
Lejos de las lógicas del mercado y la espectacularidad, su obra propone una temporalidad distinta: lenta, orgánica, profundamente humana. Cada pieza nace de procesos largos, gestos repetidos, pausas necesarias. Su atelier es tanto un lugar de escucha como de acción; una extensión de su cuerpo, de su historia y de sus afectos.
Fidalgo reivindica el arte como espacio de encuentro con lo que no se dice: con los miedos, los silencios, los recuerdos que aún arden. Sus instalaciones, esculturas y collages pictóricos tejen una memoria táctil donde lo doméstico se vuelve sagrado, y lo emocional, político. En su trabajo conviven el gesto artesanal y la reflexión crítica; lo íntimo y lo universal; la presencia y la ausencia.
En última instancia, su obra no busca ofrecer respuestas, sino abrir espacios donde habitar la pregunta. Espacios donde el espectador pueda reconocerse, sostenerse y, quizá, recordar que lo más bello no es lo que se muestra, sino lo que a pesar de todo sigue vivo.

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